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jueves, 27 de diciembre de 2012

¿ES NEWTOWN LA GOTA QUE COLMÓ LA TAZA DE LA TOLERANCIA?

Por Isaías Medina Ferreira

Hay matanzas como las de Columbine, Virginia Tech, Aurora, Tucson, Newtown, etc., que desafían nuestro entendimiento y nos hace cuestionar la inteligencia y la sensatez de nuestra condición humana. La realidad es, sin embargo, que los tiroteos, aunque no a esa abrumadora escala, son un acontecer cotidiano a lo largo de este complicado, rico y variado país que admiramos, respetamos y criticamos, a menudo con acritud (principalmente cuando creemos que no vive a la altura de los estándares y normas que predica, desperdicia recursos de forma insensible, promueve o apoya la desigualdad o condena a ciertos segmentos de su población a vivir en condiciones casi infrahumanas, lo que no lo diferencia de un país tercermundista).

Y no es que la frecuencia y brutalidad de los tiroteos y su secuela de muertos y heridos nos haya desensibilizado hasta el punto de que su rutinaria ocurrencia sea como ver llover, algo normal y corriente, el precio a pagar por la libertad.

La estadounidense es, y ha sido, una sociedad extremadamente violenta, desde su fundación hasta hoy día. Esto puede verse en la forma en que se fundaron las ciudades y cómo se extendieron las fronteras de la república: ¡a puro fuego! Esa violencia ha sido celebrada principalmente por el cine, en producciones en que las guerras en que ha participado el país, incluyendo la conquista y exterminación de los indios, la conquista del oeste, la cruenta guerra civil entre el sur y el norte, las dos guerras mundiales, varias guerras como la de Corea, Vietnam, etc., e innúmeras invasiones desde Europa hasta Asia y Latinoamérica, constituyen el argumento central el cual, excepto por los elementos propagandísticos y otras argucias, es un reflejo fiel de la realidad.

En esas guerras, las armas han jugado un papel preponderante de dominio y han sido de forma ascendente más sofisticadas y mortales con cada generación. La industria que produce esas armas tiene un poder económico apabullador e insaciable, y está dispuesta a usarlo ante cualquier amenaza que ponga en peligro las exorbitantes ganancias que su producto genera.

La Constitución estadounidense es inamovible y el documento que rige el país. Formulada hace más de doscientos años, muchas cosas en ella parecen no tener vigencia hoy día, pero ¿quién se atreve a desafiarlas? La Segunda enmienda de esa constitución, el derecho de cada ciudadano a tener y a portar armas, que en su tiempo tuvo su justificación, hoy día parece no tener sentido. Pero esto último es solo medianamente verdadero. Para quienes viven en las costas este y oeste de los EE.UU., las más densamente pobladas, en general eso es cierto: si alguien tiene un altercado, o es víctima de un ataque o de robo, llama al 911 y casi inmediatamente se apersona un contingente policial en su auxilio; pero para los estados del sur y del medio oeste, en las áreas rurales, debido a las distancias, ese es un lujo que no se pueden dar sus habitantes, pues si llaman a la policía, esta puede tardar un buen tiempo en llegar; es decir, para los ciudadanos de esas regiones su única forma de protección es la autodefensa, de ahí que la gente del sur tenga tanta aversión y miedo a cualquier forma de control de armas, pues temen a quedarse desprotegidos.

Con el inmenso poder económico que tiene la industria de las armas, a través de su brazo de batalla, la National Rifle Association, NRA -o sea, la Asociación Nacional del Rifle-, esta toma la Segunda enmienda, se escuda detrás de ella creando miedo entre la población, principalmente la más vulnerable, la rural de los estados del sur y del medio oeste; gasta cantidades ilimitadas de esa gran ganancia que amasa a través de la venta de su letal producto y con ello mantiene secuestrada a una sociedad que en gran parte está dispuesta a sublevarse ante cualquier intento, aunque sea imaginario, pero que se le haga creer existe, de que la Segunda enmienda está siendo minada y que el próximo paso será quitarle sus armas.

En esa combinación -el abuso de la Segunda enmienda y el poder apabullador de la NRA, que consta con un equipo de cabilderos de los más activos en los corrillos del congreso estadounidense- radica gran parte del problema de que haya tantas armas en las calles de los EE.UU., sea tan fácil conseguirlas, sea tan difícil crear legislaciones para las regulaciones sensatas de estas y para que el gobierno tenga el personal suficiente para poner en efecto las leyes existentes con eficiencia.

Ante el gran impacto negativo y el rechazo generalizado de la ciudadanía causado por la insensatez y la brutalidad de la matanza de Newtown, ¿qué propone el NRA? No que sean prohibidas las armas de guerra entre la población civil o que sea más difícil comprar un arma, como pide la ciudadanía, sino que los maestros y cada miembro de la sociedad porten armas como medida de intimidar a futuros perpetradores de tiroteos. ¿Suena insano? Ese es el tipo de poder chiflado al que estamos enfrentados, lo que explica más que cualquier otra cosa porqué el tipo de matanzas a lo Columbine, Virginia Tech, Aurora, Tucson, Newtown y los tiroteos que suceden a diario en cualquier ciudad del territorio estadounidense, serán muy difíciles de parar.

Porque si bien el NRA es experto en utilizar el miedo para hacer ver como una amenaza a la Segunda enmienda cualquier intento de regularizar la industria, no importa lo sensato y razonable que sea, sus enormes recursos son una fuente de pavor para cualquier miembro del congreso que aspire a reelegirse o para cualquier aspirante que corra con una plataforma dispuesta a desafiar su poderío. Y ahí yace el mayor problema y obstáculo para que esta vez, como en los intentos pasados, sea casi seguro que no se logre consenso para pasar legislación que haga sentido y pare el derramamiento de sangre inocente.

Ojalá y esté equivocado.

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